martes, 19 de abril de 2011

Soledad

Iba andando sin rumbo alguno. Sola. Sin nadie a mi alrededor, sin nadie en la calle; ni niños, ni perros, nadie.
No veía ningún final y por más que avanzaba no encontraba a nadie.
Empecé a asustarme, empecé a sentir un dolor muy fuerte en el pecho, pero no podía detenerme. Y cada vez el daño era mayor.
Era una presión, era como si alguien estrujara mi corazón. Como si alguien quisiera mi fin, acabar con mi existencia.
Y algo apareció de la nada, no tenía rostro, era una silueta. Alguien que no podía ver por más que forzara los ojos.
– Tienes miedo? – me dijo. Hubo un silencio incomodo pero finalmente se lo negué.
 – Duele, verdad? Esa presión en tu pecho. ¿Sabes cuál es la causa?
– ¿Tú?
– No, tú. Tú eres la causa de ese dolor, tú eres la que deja que ese dolor al paso del tiempo aumente. Solo tú haces que la gente que te hace daño te lo siga haciendo. ¿Y por qué no te alejas? Por miedo a estar peor. Pero es que no sabes que si este dolor sigue evolucionando acabará contigo, con tu vida.

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